Cuenta atrás



















Sea cual sea el reloj que marque vuestras doce horas, que lo haga con suerte y felicidad. Y que el 2009 no sea tan fiero como lo pintan, por la cuenta que nos tiene.








Fotos: Laurecen Jordache y obtenidas en www.flickr.com

Escalando escaleras



Sentada
en esta escalera infinita
no sé si empiezo
o termino,
si acabo de nacer
o de morir.
Si aún vivo.



28 de diciembre futbolero



Que nadie se me enfade, ¿eh?



Imagen obtenida del blog de Mariano Santiso


Cyrano (II)



Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac existió de verdad en un siglo XVII francés, a caballo entre Luis XIII y Luis XIV, marcado por el absolutismo más puro (“El Estado soy yo”) y la Guerra de los Treinta Años, aunque también por las primeras luces que encendía el racionalismo cartesiano de Descartes.

El Cyrano real fue dramaturgo, poeta, mosquetero, fanfarrón, pendenciero y cínico, entre otro montón de cosas, y también, según los retratos, ciertamente “un Ovidio Nasón mal narigado”, que diría otro cínico como Quevedo. No existe constancia de que se enamorara de ninguna prima ni tuviera un camarada de armas que se llamara Cristián, aunque se sabe que participó en el sitio de Arras y que murió a los 36 años como resultado de un accidente nunca aclarado del todo.

Con su Viaje a la Luna y la Historia cómica de los Estados e imperios del Sol, Cyrano se convirtió en precursor de la literatura de ciencia ficción al relatar (casi) el primer viaje interestelar de la historia, dos siglos antes que Julio Verne y tres de que el Apolo XI lo hiciera real. Edmond Rostand recogería en su Cyrano de Bergerac las diversas maneras de viajar a la luna mencionadas en esa obra y lo haría por boca del propio Cyrano, quien retendría así, cual imposible Scherezade, al Conde de Guiche, empeñado en impedir la boda de Cristián y Roxana.


¿Quién no conoce esa historia de amor imposible inventada por Rostand y que ha hecho de Cyrano un mito inmortal, la personificación del amor incondicional, capaz de sacrificarse por la felicidad del ser amado, aunque eso vaya en contra de sí mismo?


“¿Recordáis? Bajo el balcón
Cristián de amor os hablaba,
yo, en la sombra, le apuntaba,
esclavo a mi condición.
Yo debajo, a padecer
y con mis ansias luchar,
otros arriba, a alcanzar la gloria,
el beso, el placer.
Es ley que aplaudo juicioso
con mi suerte en buen contento
porque Moliére tiene genio,
porque Cristián era hermoso”.

Ahora, la editorial Rey Lear ha editado 16 cartas de amor del auténtico Cyrano, traducidas por primera vez al castellano:

“Señora:
Te veo sólo a medias porque te quiero demasiado, ¡y piensas verme demasiado porque no me quieres más que a medias!”


……………………………
“El corazón es un lugar, al contrario que otros, que no se puede guardar si antes no se le ha prendido fuego”.
………………………………………
“Todo lo que deseo para mí, oh mi bella señora, es que, a fuerza de pasear mi libertad dentro de estos pequeños laberintos de oro que os sirven de cabellos, termine pronto por perderla allí y, cuando la haya perdido, no la recupere jamás: es todo lo que deseo. ¿Querríais prometerme que mi vida no será en absoluto más larga que mi servidumbre? ¿Y que no os enfadaréis cuando diga para mis adentros: Hasta la muerte?”



Como dice David Felipe Arranz en el prólogo, las cartas que Rostand recrea en su obra se asemejan a los usos amorosos de las verdaderas cartas de Cyrano y no las desmerecen:

“ … Sé que este sentimiento
que me invade terrible, y me azota violento,
es amor: tiene todo su furor de conquista,
pero no es, sin embargo, un amor egoísta.
Por saberte dichosa, yo mi dicha perdiera,
aunque tú no llegaras a enterarte siquiera,
con tal de contemplar, de lejos, un minuto,
una sonrisa tuya de mi desdicha fruto.
…………………………………………..
¡Oh Dios, qué noche! Nunca soñé con algo así.
Yo os hablo a vos, y vos, vos me escucháis a mí.
Ni en mi ambición más alta, ni en la menos modesta,
esperé lograr tanto. Ahora sólo me resta
morir, pues es mi aliento el que aviva tus llamas
y hace que te estremezcas de amor entre las ramas".

Personalmente, y aunque adore a los dos Cyranos, no puedo perdonarle al Cyrano teatral que no peleara por Roxana o que, en su defecto, la mandara a tomar viento fresco por superficial y caprichosa. Porque engaño tan endeble como el que urden los dos hombes no podía sostenerse en el tiempo más que con la cómoda ceguera de Roxana, deslumbrada por el aspecto físico de Cristián.

¿Y Cyrano? ¿Era de verdad amor incondicional? ¿O simple cobardía, miedo al rechazo? Estos días yo también me recuerdo que no intentarlo por miedo al fracaso es como suicidarse por miedo a morir.


Cyrano (I)





Desde que, más que single, soy número primo, yo soy la mágica terna real, Papá Noel, Babuska y el Olentzero todo en 156 centímetros (a lo alto ¿eh?). Yo me escribo las cartas, me las contesto y si tengo a bien, me concedo algún presente. 

Este año he tenido todo un detallazo y me he regalado un libro que, según los expertos en poner etiquetas, es un cuento para niños (y niñas, en traducción al lenguaje políticamente correcto), pero que es simplemente un libro hermoso, sugerente, hecho, como aquel halcón maltés, con el material con que se fabrican los sueños.



Basado en el famoso Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, pero trasplantado a un Japón medieval plagado de valientes guerreros y delicadas damas, Taï-Marc Le Than y, sobre todo, la ilustradora Rébecca Dautremer, te arrebatan con ese amor incondicional (algo de lo que ha tratado en otras latitudes CuanMarce) que sólo puede tener un final trágico y, en el caso de Cyrano, irónico:
 
Cyrano (a punto de morir en brazos de Roxana):  __ “¡Todo me lo quitaréis! ¡Todo! ¡El laurel y la rosa! ¡Pero quédame una cosa que arrancarme no podréis! El fango del deshonor jamás llegó a salpicarla; y hoy en el cielo, al dejarla a las plantas del Señor, he de mostrar sin empacho que, ajena a toda vileza, fue dechado de pureza siempre, y es...
Roxana. __ ¿Es…?
Cyrano. — ¡Mi... penacho!”
(Escena final de la obra de Rostand)





“Llegó la noche y Roxana se asomó al balcón. Christian estaba debajo, en el jardín; y Cyrano escondido entre la lavanda. Cyrano le soplaba sus poemas a Christian, y éste los soltaba con su aire más inspirado. A Roxana, Christian le pareció maravilloso. A Christian, Roxana le pareció deliciosa. Y, de repente, ¡el amor se adueñó de los dos! Escondido entre la lavanda, Cyrano sintió que algo le corroía por dentro”.





“Pero justo antes de morir, sonrió, porque estaba, por fin, en los brazos de su amada”.

(Del cuento Cyrano)





Imágenes de Cyrano, de Taï-Marc Le Thanh, Rébecca Dautremer.

Felices Navidades

¿Seguís ahí o sois millonarios y habéis emigrado a tierras más cálidas?






Foto obtenida del blog El Mundo de los Gatos


Velda Jones y la última fartura







“Me propuse hacer una dieta rigurosa. No probé el alcohol ni el azúcar, y me abstuve de comidas grasas. En dos semanas perdí 14 días”.

Con esta sabia frase del músico brasileño Tim Maia como norte, encaro la segunda semana de farturas con la terrible certeza de que no sólo no me he acercado aún al ecuador de estas fiestas, que más parecen unas interminables jornadas gastronómicas, sino que ni siquiera he llegado a los platos fuertes: Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo. Y el roscón de reyes, ainssssssssssssss.

Pero aunque haya decidido disfrutar de estos días sin preocuparme de los nuevos agujeros que tenga que ir añadiendo a mi cinturón, digo que yo que, ¡¡¡¡socorrooooo!!!! ¡¡¡¡clemencia!!!!! ¡¡¡¡piedad!!!!



Por si eran pocas las comidas y cenas con los compañeros de mis antiguos trabajos, con mis actuales compañeros, con los amigos que están y los que vuelven como El Almendro, con la familia y allegados, esta semana además, he asistido al Primer Concurso de Tartas del IES de la Corredoria, en el que, estoy segura, he engordado tanto por la degustación de los diversos postres a competición, como por el hecho de que Zipi formara parte del equipo que obtuvo uno de los dos premios.

Como toda madre, cinco minutos después de escuchar el veredicto del jurado, compuesto entre otros por el repostero avilesino Miguel Sierra, y el hostelero José Soto, ya había convertido a mi benjamín en el sucesor de Ferran Adrià, Martín Berasategui y Juan Mari Arzak, todo en un único mellizo Zapatilla.

El otro miembro de la pareja, mi primogénito Zape, también participó en el concurso con unos brownies, que, no me ciega la pasión, aunque sí quizás mi natural condición llambiona, estaban riquísimos, a la par que elegantes, con su decoración de lacasitos.





Si alguien tuviera a bien pasarme alguna receta casera con bicarbonato y sal de frutas para ver si consigo llegar viva (y entrando aún en la talla 42, aunque sospecho que esto último ya es imposible) al 1 de enero os quedaría eternamente agradecida.

Felices y digestivas fiestas a todos.





Drácula




"He cruzado océanos de tiempo para encontrarte"


Drácula





De 'pijas' y pelucas (III)



Lo que aún no me explico muy bien es cómo, en esa misma época en que me arrebataba la pasión por Manolo, también me sentí morir de amor por Luis, el pijo; César, el clandestino de las juventudes del PCE; Alejandro, el progre; Toño, el proletario…

Así que en algún momento Manolo fue sustituido por Luis, aquel ex vecino de barrio, venido a más, que sin embargo reencontré en mi instituto cuando sus malas notas le trajeron de vuelta a su pasado barriobajero.

Luis era, cómo no, moreno y misterioso, un punto escéptico y un tanto cínico, al estilo de un aristócrata inglés, todo smoking y scotch… Un Retorno a Brideshead pasado por Ventanielles, aunque le faltaran por lo menos 15 cms. para parecerse siquiera a Jeremy Irons. (De hecho, durante años pensé que el porridge y las gachas tenían un mayor poder nutritivo que el aceite de ricino o la Quina Santa Catalina). Luis, además, fumaba Marlboro, un rubio americano tan decadente como yo, fumadora de Ducados en aquel curso 76-77 en el que la Semana Santa nos regaló un PCE legal, pudiera haber deseado.


Luis se sumó a la lista que inició mi marinero ruso y claro, no tardó en romperme el corazón, sobre todo, cuando descubrió que en realidad estaba colado por una rubia pija que se llamaba Mariló. Yo tenía entonces 14 años y estaba a punto de darme a la política (a la bebida llegaría con el siguiente desengaño) y de descubrir que el PP (aún AP) había implantado la moda tocinista: pañuelos de Hermés y vetas rubias, la señal de fábrica con la que la clase bien marcaba a sus hijas para distinguirlas de la plebeya masa, entre la que imperaban los jerseys de cuello alto y los rizos de un rústico castaño.


Afiliada al PCE sin que nadie me advirtiera que el momento elegido podía perjudicar seriamente mi salud (faltaban varios meses aún para que nos sacaran de la clandestinidad), descubrí que con César cualquier revolución era más divertida. Y que, cual pueblo unido que nunca sería vencido, entre dos eran más llevaderas las sesiones de teoría marxista-leninista. Sin olvidar que una cita romántica ayudaba mejor a ocultar aquellas reuniones clandestinas y a fastidiar las escuchas telefónicas de la secreta. En aquella época no todos los teléfonos debían estar intervenidos, pero el mío, era seguro que sí.

Pese a tanto ardor revolucionario, César desapareció de mi vida cuando soltó la pancarta que reclamaba la libertad de Carrillo y su peluca y salió corriendo, dejándome a merced del batallón de grises que cercaba ya la primera manifestación ilegal en la que tomé parte. No tardé demasiado en darme cuenta de que resultaba más utópico pasarme a la acracia y limitarme a desear a todos los parias de la tierra que les fuera bonito, pero oigan, sin mí, ¿eh?




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Foto: Santiago Carrillo con Lagunero (y la famosa peluca) en febrero de 1976, tras regresar a España.

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